Expiación

Libros anteriores a 1600

Ulises-Odiseo-sirenas

Lista de libros escritos antes del año 1600.

Se quedaron fuera por los pelos: Antígona (Sófocles, 442 a.C.), Genji Monogatari (Murasaki Shikibu, s. XI), Gargantúa y Pantagruel (François Rabelais, 1534).

1 Odisea

Ὀδύσσεια [Odisea] (Ὅμηρος [Homero], S. VIII a.C., Poema épico)

«No serás desde ahora, Telémaco, vil ni insensato
si ha calado en tu ánimo el noble valor de tu padre:
tan perfecto varón era él en palabra y en hechos,
y tu ruta no habrá de quedarse incumplida y sin logro.
Si Penélope, en cambio, y Ulises no fuesen tus padres,
no cabría esperar que realices la empresa que ansías,
pues son raros los hijos que al padre se igualan: peores
son los más y mejores de cierto muy pocos. No obstante,
pues jamás desde ahora serás cobarde ni necio
ni te falta en verdad el ingenio de Ulises, confía
en que pronto acabados tendrás los trabajos que intentas.
Deja, pues, a esos hombres que sigan su plan y sus trazas,
insensatos, que están por igual desprovistos de juicio
y honradez: no perciben la muerte y el negro destino
que ya encima les viene, pues todos caerán en un día.

2 DivinaComedia

Divina Commedia [Divina Comedia] (Dante Alighieri, 1304 – 1321, Poema épico)

si, en todas, todo su miembro destrozo
mostrase, del noveno foso insano
apenas ofreciera un vil esbozo.
Más que un tonel sin duelas, vi un fulano,
y entre todos por roto aquel destaca,
roto y maltrecho del mentón al ano;
colgábale entre las piernas la petaca
del mondongo y, con él, el triste saco
que lo que engulle lo transforma en caca.
Mientras mi pasmo y estupor aplaco,
me mira y con la mano se abre el pecho:
«¡Ve», dice, «cuál me hiendo y me machaco!
¡Mira cómo Mahoma está maltrecho!
Hendido del mentón hasta el copete,
va Alí delante, en lágrimas deshecho
Y todos los que ves de este piquete
sembraron el escándalo y discordia
en vida, y ahora se hallan en tal brete.
Hay un diablo detrás que cruel incordia
al que ve ileso, a punta de su espada,
hiriendo a todos sin misericordia

3 Iliada

Ἰλιάς [Ilíada] (Ὅμηρος [Homero], 760–710 a.C., Poema épico)

La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,
maldita, que causó a los aqueos incontables dolores,
precipitó al Hades muchas valientes vidas
de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros
y para todas las aves -y así se cumplía el plan de Zeus-,
desde que por primera vez se separaron tras haber reñido
el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles, de la casta de Zeus.

4 Eneida

Aenēis [Eneida] (Publius Vergilius Maro [Virgilio], 29-19 a.C., Poema épico)

ENEAS COMIENZA EL RELATO DE LA CAÍDA DE TROYA

Todos enmudecieron y atentos mantenían el rostro fijo en él.
Entonces desde su alto diván el padre Eneas comenzó a hablar así:
«Imposible expresar con palabras, reina,
la dolorosa historia que me mandas reavivar:
cómo hundieron los dánaos la opulencia de Troya y aquel reino desdichado,
la mayor desventura que llegué a contemplar
y en que tomé yo mismo parte considerable.
¿Qué mirmidón o dólope o soldado de Ulises, el del alma de piedra,
contando tales cosas lograría poner freno a sus lágrimas?
Además ya va la húmeda noche bajando con presura desde el cielo
y las estrellas que se van poniendo nos invitan al sueño.
Pero si tantas ansias sientes por conocer nuestras desgracias
y escuchar en contadas palabras la agonía de Troya,
por más que recordado me horroriza y rehúye su duelo,
empezaré:

CONSTRUCCIÓN DEL CABALLO

Los jefes de los dánaos, quebrantados al cabo por la guerra,
patente la repulsa de los hados -son ya tantos años los transcurridos-,
construyen con el arte divino de Palas un caballo del tamaño de un monte
y entrelazan de planchas de abeto su costado.
Fingen que es una ofrenda votiva por su vuelta. Y se va difundiendo ese rumor.
A escondidas encierran en sus flancos tenebrosos
la flor de sus intrépidos guerreros y llenan hasta el fondo
las enormes cavernas de su vientre de soldados armados.
A la vista de Troya está la isla de Ténedos, sobrado conocida por la fama.
Abundada en riquezas mientras estuvo en pie el reino de Príamo,
hoy sólo una ensenada, fondeadero traidos para las naves.
Hasta allí se adelantan los dánaos y se ocultan en la playa desierta.

REACCIÓN DE LOS TROYANOS

Nosotros nos creímos que ya se habían ido y que a favor del viento
habían puesto rumbo hacia Micenas. Y la Tróade toda se libera
de su larga congoja. Se descorren de par en par las puertas.
Disfrutan en salir y examinar el campamento dorio
y en ver las posiciones desiertas y la playa abandonada.
«Aquí acampaban las tropas de los dólopes, aquí el feroz Aquiles,
en este espacio emplazaban la armada. Allí solían combatir
en línea de batalla con nosotros». Los unos boquiabiertos
ante el funesto don a la virgen Minerva se pasman de la mole del caballo,
y el primero, Timetes, incita a que lo acojan dentro de la muralla
y que quede instalado en el alcázar, fuera por traición,
o porque ya la suerte de Troya estaba así fijada. Pero Capis y aquellos
que eran de parecer más avisado mandan que se eche al mar
la treta de los griegos, aquel don sospechoso,
que se le prenda fuego por debajo y se queme en sus llamas,
o se barrene y se escudriñe los huecos escondrijos de su vientre.
El vulgo tornadizo se divide afanoso entre ambos pareceres.

CONSEJO DE LAOCONTE

Entonces Laoconte, adelantado a todos -va seguido de un espeso tropel-
baja corriendo airado de lo alto del alcázar y de lejos:
«¿Qué enorme insensatez, desventurados ciudadanos?
¿Pensáis que se ha alejado el enemigo?
¿O suponéis que hay dádiva alguna de los dánaos que carezca de insidia?
¿Esa es la idea que tenéis de Ulises?
O en ese leño ocultos encubren los aqueos su celada,
o es ingenio de guerra fabricado contra nuestras murallas
para tender la vista a nuestras casas y lanzarse de lo alto a la ciudad,
o cela alguna treta. No os fiéis, troyanos, del caballo.
Sea ello lo que fuere, temo en sus mismos dones a los dánaos».
Dijo y girando su imponente lanza con poderoso impulso
la disparó al costado y al armazón combado del caballo.
Quedó hincada temblando y sacudido por el golpe el vientre,
resonaron rompiendo en un gemido sus huecas cavidades.
Y a no haberlo estorbado el designio divino,
a no estar obcecada nuestra mente,
ya nos había instado Laoconte a destrozar
a punta de hierro los argivos escondrijos
y Troya aún estaría en pie y tú me mantendrías todavía, alto alcázar de Príamo.

EL ENGAÑO DE SINÓN

En esto, a grandes gritos unos pastores dárdanos arrastraban
a presencia del rey a un mozo con las manos atadas a la espalda.
Para urdir su añagaza y abrir Troya a los aqueos se había presentado a ellos,
según venían, sin conocerlos, por su propio impulso,
seguro de sí mismo, dispuesto a lo que fuese,
a desplegar su trama de arterías o a arrostrar una muerte segura.
Afanosa de ver, de todas partes la mocedad troyana irrumpe rodeándole
y porfía en mofarse del cautivo. Ahora disponte a oir las añagazas de los dánaos
y de uno aprende la maldad de todos. Al punto en que se halló
en medio de la turba fija en él, confuso, desarmado,
y giró en derredor la vista al tropel frigio:
«¡Ay! ¿Qué tierra, qué mar puede ampararme ahora -prorrumpe-,
o qué suerte me espera, desgraciado de mí, para quien no hay lugar
que me acoja entre los dánaos y por añadidura están pidiendo hostiles
mi castigo y mi sangre». A sus gemidos vira en redondo nuestros ánimos
y se enfrenta toda nuestra violencia.
Le instamos a que diga de qué sangre procede
y qué nuevas nos trae, qué le hace confiar al prisionero.
Él, desechando al cabo su temor, habla así:
«Te voy a decir toda la verdad,
rey, tenlo por seguro, ocurra lo que ocurra. Y no voy a negar que soy argivo.
Comienzo, pues, por esto. Si le ha hecho desgraciado la fortuna a Sinón,
no ha de lograr hacerlo en su despecho ni falso ni mendaz.
Tal vez la fama hizo llegar a tus oídos la noticia de cierto Palamedes,
descendiente de Belo, y la sonada gloria de sus hechos.
Acusado en falso de traidor por una abominable delación
-se oponía a la guerra-, los pelasgos lo llevaron inocente a la muerte.
Ahora le lloran cuando ya no disfruta de la luz.
En compañía suya -era pariente mío- mi padre en su penuria
me mandó aquí a la guerra ya en mis primeros años.
Mientras su valimiento con el rey se mantenía firme y mediaba pujante
en el consejo real, también alcancé yo alguna nombradía y algún viso.
Pero luego que por envidia del artero Ulises
-no revelo secretos- dejó el mundo de aquí arriba,
yo abatido arrastraba mi vida entre sombras y duelos
y me indignaba a solas por la suerte de mi inocente amigo.
Y no supe insensato callarme y si se me brindaba la ocasión,
si a mi patria, si a mi argos volvía alguna vez vencedor, prometí
vengarme y provoqué con mis palabras fiero enojo hacia mí.
De ello partió mi ruina, de ello empavorecerme Ulises de continuo
con nuevas delaciones y difundir diversos rumores por los corros
y maquinar consciente de su crimen las trazas de perderme.
No descansó por cierto hasta que con la ayuda de Calcante…
Pero ¿a qué os entretengo? Si a todos los aqueos los medís con el mismo rasero
os basta con oír lo que os he dicho. Castigadme. Estáis tardando ya.
Eso querría el de Ítaca, y los hijos de Atreo
seguro que os lo pagan a buen precio».

5 MilYUnaNoches

ألف ليلة وليلة [Las Mil y Una Noches] (Varios autores, S. IX – S. XIV, Recopilación de cuentos)

Y siguió devanando el hilo de sus relatos, para interrumpirlo al final de cada noche y continuarlo durante la noche siguiente, siempre con el permiso del rey Shariyar. Y así pasaron mil y una noches.

6 Canterbury

The Canterbury Tales [Cuentos de Canterbury] (Geoffrey Chaucer, 1380-1400, Colección de cuentos)

¡Maldita sea la gracia! Estoy tan acostumbrado a soplar el fuego, que , supongo, eso me ha cambiado el color. No me paso el tiempo mirándome al espejo, sino trabajo hasta la extenuación y aprendo a transmutar metal en oro. Nuestros esfuerzos resultan vanos pues no conseguimos lo que esperamos y nunca alcanzamos nuestro objetivo. Engañamos a bastante gente y les pedimos prestado, digamos, una libra o dos, o diez, o doce, cualquier suma vale. Les hacemos creer que, por lo menos, podemos convertir una libra de oro en dos. Pero todo son mentiras, aunque tenemos fundadas esperanzas de poder hacerse y seguimos tratando de conseguirlo. Sin embargo, la ciencia de la alquimia es un reto tan lejano que, a pesar de nuestras promesas, se nos escapa tan deprisa que al final acabaremos mendigando.

7

Οἰδίπους Τύραννος [Edipo Rey] (Σοφοκλής [Sófocles], 429 a.C., Tragedia)

Aunque seas el rey, se me debe dar la misma oportunidad de replicarte, al menos con palabras semejantes. También yo tengo derecho a ello, ya que no vivo sometido a ti sino a Loxias, de modo que no podré ser inscrito como seguidor de Creonte, jefe de partido. Y puesto que me has echado en cara que soy ciego, te digo: aunque tú tienes vista, no ves en qué grado de desgracia te encuentras ni dónde te habitas ni con quiénes transcurre tu vida. ¿Acaso conoces de quiénes desciendes? Eres, sin darte cuenta, odioso para los tuyos, tanto para los de allí abajo como para los que están en la tierra, y la maldición que por dos lados te golpea, de tu madre y de tu padre, con paso terrible te arrojará, algún día, de esta tierra, y tú, que ahora ves claramente, , entonces estarás en la oscuridad. ¡Qué lugar no será refugio de tus gritos!, ¡qué Citerón no los recogerá cuando te des perfecta cuenta del infausto matrimonio en el que tomaste puerto en tu propia casa después de conseguir una feliz navegación! Y no adviertes la cantidad de otros males que te igualarán a tus hijos. Después de esto, ultraja a Creonte y a mi palabra. Pues ningún mortal será aniquilado nunca de peor forma que tú.

8

Ορέστεια [Orestíada] (Αἰσχύλος [Esquilo], 458 a.C., Tragedia)

Pido a los dioses que mis penas cesen,
esta guardia, que dura ya hace un año,
durante el cual, echado como un perro,
en la azotea del palacio Atrida,
aprendí a conocer la multivaria
multitud de los astros que en el cielo,
príncipes luminosos, resplandecen,
y las estrellas, que a los hombres traen
inviernos y veranos, ortos y ocasos.

(Breve pausa.)

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,
la llama esplendorosa que de Troya
ha de traernos nuevas y el anuncio
de que al final ha sido conquistada,
pues así lo ha mandado de una esposa
el varonil e impaciente pecho.

9 Decameron

Decameron [Decamerón] (Giovanni Boccaccio, 1351-1353, Colección de cuentos)

Y como por la virtud y el buen juicio de este rey Agilulfo los asuntos de los lombardos iban bastante bien y en paz, sucedió que un palafrenero de dicha reina, hombre de muy baja condición por nacimiento, pero por otras cosas mejor que para un oficio tan vil, y tan atractivo y alto como el rey, se enamoró perdidamente de la reina. Y porque su baja condición no le impedía saber que ese amor suyo estaba fuera de toda conveniencia, como era discreto, a nadie se lo declaraba, y tampoco a ella osaba descubrírselo con la mirada. Y aunque vivía sin esperanza alguna de poder agradarle alguna vez a ella, no obstante se alegraba en su interior por haber alojado sus pensamientos en parte tan elevada; y como ardía todo en amoroso fuego, hacía calculadamente, más que ningún otro de sus compañeros, todo lo que creía que iba a complacer a la reina. Por lo que ocurría que la reina, cuando tenía que cabalgar, prefería montar el palafrén que él cuidaba mejor que a ningún otro, y cuando sucedía eso, él lo consideraba un grandísimo favor, y no se le separaba del estribo, considerándose feliz en el caso de que alguna vez pudiese tocarle las ropas.

10

Ἀντιγόνη [Antígona] (Σοφοκλής [Sófocles], 442 a.C., Tragedia)

CORIFEO

Señor, es natural que tú aprendas lo que diga de conveniente, y tú, por tu parte, lo hagas de él. Razonablemente se ha hablado por ambas partes.

CREONTE

¿Es que entonces los que somos de mi edad vamos a aprender a ser razonables de jóvenes de la edad de éste?

HEMÓN

Nada hay que no sea justo en ello. Y, si yo soy joven, no se debe atender tanto a la edad como a los hechos.

CREONTE

¿Te refieres al hecho de dar honra a los que han actuado en contra de la ley?

HEMÓN

No sería yo quien te exhortara a tener consideraciones con los malvados.

CREONTE

¿Y es que ella no está afectada por semejante mal?

HEMÓN

Todo el pueblo de Tebas afirma que no.

CREONTE

¿Y la ciudad va a decirme lo que debo hacer?

HEMÓN

¿Te das cuenta de que has hablado como si fueras un joven?

CREONTE

¿Según el criterio de otro, o según el mío, debo yo regir esta tierra?

HEMÓN

No existe ciudad que sea de un solo hombre.

CREONTE

¿No se considera que la ciudad es de quien gobierna?

HEMÓN

Tú gobernarías bien, en solitario, un país desierto.

CREONTE

Éste, a lo que parece, se ha aliado con la mujer.

HEMÓN

Sí, si es que tú eres una mujer. Pues me estoy interesando por ti.

CREONTE

¡Oh malvado! ¿A tu padre vas con pleitos?

HEMÓN

Es que veo que estás equivocando lo que es justo.

CREONTE

¿Yerro cuando hago respetar mi autoridad?

HEMÓN

No la haces respetar, al menos despreciando honras debidas a los dioses.

CREONTE

¡Oh temperamento infame sometido a una mujer!

HEMÓN

No podrías sorprenderme dominado por acciones vergonzosas.

CREONTE

Todo lo que estás diciendo, en verdad, es en favor de aquélla.

HEMÓN

Y de ti, y de mí, y de los dioses de abajo.

CREONTE

A ésa no es posible que, aun viva, la desposes.

HEMÓN

Va a morir, ciertamente, y en su muerte arrastrará a alguien.

CREONTE

¿Es que con amenazas me haces frente, osado?

HEMÓN

¿Qué amenaza es hablar contra razones sin fundamento?

CREONTE

Llorando vas a seguir dándome lecciones de sensatez, cuando a ti mismo te falta.

HEMÓN

Si no fueras mi padre, diría que no estás en tu sano juicio.

CREONTE

No me canses con tu charla, tú, el esclavo de una mujer.

HEMÓN

¿Pretendes decir algo y, diciéndolo, no escuchar nada?

CREONTE

¿De veras? Pero, ¡por el Olimpo!, entérate bien, no me ofenderás impunemente con tus reproches.
(Dirigiéndose a los servidores.)
Traed a ese odioso ser para que, a su vista, cerca de su prometido, al punto muera.

HEMÓN

No, por cierto, no lo esperes. Ella no morirá cerca de mí, y tú jamás verás mi rostro con tus ojos. ¡Muestra tu locura relacionándote con los amigos que lo consientan!

6 Metamorfosis

Metamorphōseōn [Metamorfosis] (Publius Ovidius Naso [Ovidio], 8 a.C., Poema narrativo)

Un ser más sagrado que éstos y más capaz de una mente
profunda faltaba todavía y que pudiera dominar sobre lo demás:
nació el hombre, al que o lo creó de semen divino
el Hacedor del mundo, origen de un mundo mejor,
o la tierra reciente y separada hacía poco del elevado éter
retenía el semen de su pariente el cielo,
a la que el vástago de Yápeto mezclándola con agua de lluvia
modeló en forma de figura de dioses que lo gobiernan todo.
Y mientras los demás animales miran inclinados a la tierra,
dio al hombre un rostro levantado y le ordenó que mirara
al cielo y levantara el rostro alto hasta las estrellas.
Así la tierra, que hacía poco había sido tosca y sin forma,
cambió y se revistió de figuras humanas desconocidas.

10 Medea

Μήδεια [Medea] (Εὐριπίδης [Eurípides], 431 a. C., Tragedia)

JASÓN

¡Monstruo! ¡La mujer que más puede
repugnar a los dioses, y a mí,
y a todo el género humano!
¡Tú que has tenido la osadía
de usar la espada contra los hijos,
que diste a luz,
y me has herido de muerte
al dejarme sin hijos!
Y, después de este crimen,
sigues contemplando
el sol y la tierra
cuando te has atrevido
a la acción más impía.
Te deseo la muerte.
¡Ahora te conozco; no te conocía,
cuando de tu casa
y de una tierra bárbara
a una casa griega te traje,
peste nefasta,
traidora al padre
y a la tierra que te crió!
Tu genio vengador
contra mí han lanzado los dioses,
pues ya había matado
a tu hermano en casa
cuando embarcaste en la nave Argo,
de bella proa. Ésos fueron tus comienzos.
Después te casaste con el hombre
que te habla, y, tras darme hijos,
hoy por odio al tálamo nupcial
los has matado.
En toda Grecia no hay una mujer
capaz de osar tal crimen, y a ellas
a ti te preferí yo por esposa.
Me uní, para mi ruina, contigo
-no una mujer, una leona-.
Pero ni mil injurias
en ti harían mella:
tal es la desvergüenza de tu naturaleza.
¡Vete en mala hora,
infame, abyecta asesina de niños!
A mí sólo me queda
lamentar mi destino:
no podré disfrutar
de mi reciente boda,
y a los hijos que engendré y crié,
en vida, ya no podré
dirigirles la palabra.
Los he perdido.

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