«Sí, el amor lo es todo…. Le he dicho al jardinero que no deje crecer más que la hierba. En primavera habrá anémonas. Si pasas por allí alguna vez, coge una anémona y piensa en mí. …Piensa que es una palabra de amor que ha sido pensada pero no pronunciada.»

Tras diez años de inactividad profesional desde su anterior película, Ordet (1954), el aclamado director, Carl Theodor Dreyer, vuelve a la palestra favorecido por el progresivo reconocimiento del cine de autor, que inducirá a la productora Palladium a apostar por el nuevo proyecto del director danés. Dreyer había rechazado radicalmente el teatro y los decorados   y promovido que el cine se desmarcara de su arte predecesor saliendo a la calle. Sin embargo, cuando el cine por fin había salido a la calle, Dreyer retorna al estudio.

Gertrud se basa en una obra de teatro con tintes autobiográficos escrita en 1906 por Hjalmar Söderberg. Dreyer encuentra en ella un recurso idóneo para trasladar un tema moderno al origen de todo, la tragedia griega, tan amada por él. Pero como el director danés dijo, el poeta trágico de la pantalla, debe encontrar un estilo puramente cinematográfico. Tal como lo expresó Dreyer, el espectador, ante la pantalla de cine, tiende a seguir todo lo que pasa en la escena, de modo que, a diferencia del teatro, las palabras mueren de forma casi inmediata. En el teatro las palabras atraviesan el espacio, permanecen en él. Por ello se producen esas pausas, por eso la cámara se queda fija, cambiando sólo cuando se produce un giro en la conversación. La palabra recobra el protagonismo.

Gertrud llama la atención principalmente por su solemnidad y austeridad. Y sorprende que una película tan pretendidamente arcaica sea, a la vez, tan vanguardista, hecha contracorriente, atemporal. Cuesta imaginarse Gertrud en una sala de cine repleta. Es tan íntrospectiva, tan personal, que exige ser disfrutada en la intimidad.

La película gira en torno al personaje de Gertrud, excelentemente interpretado por Nina Pens Rode. Una mujer íntegra que antepone su ideal del amor ante todo, ideal que la esclavizará y le hará tomar medidas drásticas pero coherentes y hasta comprensibles una vez se llega a simpatizar con el personaje. Para logarlo, Dreyer se sirve de sus encuantros con cuatro hombres que sirven de espejos para visualizar el alma de Gertrud, igual que se sirve de espejos y sombras en algunos escenas para mostrarnos aquello que queda fuera de plano. El personaje de Gertrud parece adivinar las intenciones del director, pues evita mirarse directamente con sus interlocutores, temiendo el encuentro de las miradas.

Con el plano final de Gertrud, no sólo se cierra una puerta, también se cierra la película, la vida de Gertrud y la filmografía de uno de los grandes maestros del séptimo arte.

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