Lista de obras literarias del siglo XVIII.

Se quedaron fuera por los pelos: Las Amistades Peligrosas (Pierre Choderlos de Laclos, 1782).

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Gulliver’s Travels [Los Viajes de Gulliver] (Jonathan Swift, 1726, Sátira en prosa)

Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, poderoso emperador de Lilliput, maravilla y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs (cerca de doce millas de perímetro) hasta los extremos del globo, monarca de monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies pisan firme hacia el centro de la tierra, y cuya cabeza se topa con el sol; que, con un gesto de la cabeza hace temblar a los príncipes de la tierra, agradable como la primavera, cómodo como el verano, fértil como el otoño, terrible como el invierno. Su Muy Suprema Majestad propone al Hombre-Montaña, recientemente llegado a nuestros dominios celestiales, las siguientes condiciones que bajo solemne juramento estará obligado a cumplir:
Primero. El Hombre-Montaña no saldrá de nuestros dominios sin una licencia nuestra bajo nuestro gran sello.
Segundo. No se atreverá a entrar en nuestra capital sin una orden expresa nuestra; en tal circunstancia, los habitantes tendrán un aviso de dos horas para permanecer en sus casas.
Tercero. El citado Hombre-Montaña deberá reducir sus paseos a nuestras carreteras principales, y no intentar caminar o reposar en los prados o campos de grano.
Cuarto. Cuando camine por las citadas vías deberá tener gran cuidado de no pisotear los cuerpos de ninguno de nuestros amados súbditos, sus caballos y carruajes; tampoco cogerá entre sus manos a ninguno de los mencionados súbditos sin su consentimiento.
Quinto. Si un envío requiere una urgencia extraordinaria, el Hombre-Montaña deberá llevar en su bolsillo al mensajero y su caballo durante un viaje de seis días de duración una vez cada luna, y lo devolverá sano y salvo, si se le requiriese, a Nuestra Imperial Presencia.
Sexto. Deberá ser nuestro aliado contra nuestros enemigos, en la isla de Blefuscu y deberá esforzarse en destruir su flota, que actualmente se está preparando para invadirnos.
Séptimo. Que el citado Hombre-Montaña, en sus momentos de ocio, deberá ayudar y colaborar con nuestros trabajadores de la construcción a levantar algunos grandes bloques de piedra para cubrir los muros del parque principal y de otros edificios reales.
Octavo. Que en el plazo de dos meses, el citado Hombre-Montaña deberá entregar un informe exacto de la circunferencia periférica de nuestros dominios, contando sus propios pasos a lo largo de las costas.
Finalmente, que previo juramento solemne de observar todas las condiciones anteriores, el Hombre-Montaña tendrá una asignación diaria de alimento y bebida suficiente para sustentar a 1.728 súbditos nuestros, con acceso libre a la Persona Real y otras muestras de nuestro favor. Dado en nuestro palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésima primera luna de nuestro reinado.

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Candide, ou l’Optimisme [Cándido o el Optimismo] (Voltaire, 1759, Cuento filosófico)

Pangloss enseñaba la matafísico-teólogo-cosmolonigología. Demostraba de modo admirable que no hay efecto sin causa, y que en este mundo, el mejor de los posibñes, el castillo del señor barón era el más hermoso de los castillos, y la señora, la mejor de las baronesas posibles.
«Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otro modo: porque, estando hecho todo para un fin, todo está hecho necesariamente para el mejor fin. Observad que las narices han sido hechas para llevar antiparras, por eso tenemos antiparras. Las piernas están visiblemente instituidas para ser calzadas, y por eso tenemos calzas. Las piedras han sido formadas para ser talladas, y para hacer castillos con ellas, por eso monseñor tiene un bellísimo castillo; el mayor barón de la provincia debe ser el que mejor alojado esté; y, estando hechos los cerdos para ser comidos, nosotros comemos puerco todo el año: por consiguiente, quienes afirmaron que todo está bien, dijeron una tontería; había que decir que todo está lo mejor posible».
Cándido escuchaba atentamente, y creía inocentemente; porque la señorita Cunegunda le parecía extremadamente bella, aunque jamás tuvo la osadía de decírselo. Llegaba a la conclusión de que, después de la dicha de haber nacido barón de Thunder-ten-tronckh, el segundo grado de felicidad era ser la señorita Cunegunda; el tercero, verla todos los días; y el cuarto, oír a maese Pangloss, el mayor filósofo de la provincia, y por consiguiente de toda la tierra.
Cierto día, paseándose Cunegunda por las cercanías del castillo, en el bosquecillo quellamaban «parque», vio entre unos matorrales al doctor Pangloss dando una lección defísica experimental a la doncella de su madre, una morenita muy hermosa y muy dócil.Como la señorita Cunegunda tenía muchas disposiciones para las ciencias, observó, sinpestañear, los reiterados experimentos de que fue testigo; vio con toda claridad la razónsuficiente del doctor, los efectos y las causas, con lo que regresó muy agitada, pensativa yllena del ansia de ser sabia, convenciéndose de que bien podría ser ella la razón suficientedel joven Cándido, que también podía ser la suya.
Encontró a Cándido al volver al castillo, y se ruborizó; Cándido se ruborizó también; ella lo saludó con voz entrecortada, y Cándido le dirigió la palabra sin saber lo que decía.Al día siguiente, después de comer, cuando se levantó la mesa, Cunegunda y Cándido seencontraron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer su pañuelo, Cándido lo recogió,ella le tomó inocentemente la mano, inocentemente besó el joven la mano de la jovendamisela con una viveza, una sensibilidad y una gracia muy particulares; sus bocas seencontraron, sus ojos se encendieron, temblaron sus rodillas, se extraviaron sus manos. Elseñor barón de Thunder-ten-tronckh pasó junto al biombo y, viendo aquella causa y aquelefecto, echó a Cándido del castillo a puntapiés en el trasero; Cunegunda se desmayó; fueabofeteada por la señora baronesa cuando volvió en sí, y todo fue consternación en el máshermoso y más agradable de los castillos posibles.

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The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman [La Vida y las Opiniones  del Caballero Tristram Shandy] (Laurence Sterne, 1759-1767, Novela)

Ojalá mi padre o mi madre, o mejor dico ambos, hubieran sido más conscientes, mientras los dos se afanaban por igual en el cumplimiento de sus obligaciones, de lo que se traían entre manos cuando me engendraron; si hubieran tenido debidamente presente cuántas cosas dependían de lo que estaban haciendo en aquel momento:-que no sólo estaba en juego la creación de un Ser racional sino que también, posiblemente, la feliz formación y constitución de su cuerpo, tal vez su genio y hasta la naturaleza de su mente;-y que incluso, en contra de lo que ellos creían, la suerte de toda la casa podía tomar uno u otro rumbo según los humores y disposiciones que entonces predominaran:-si hubieran sopesado y considerado todo esto como es debido, y procedido en consecuencia,-estoy francamente convencido de que yo habría hecho en el mundo un papel completamente distinto de aquel en el que es muy probable que el lector me vea.-Creedme, buena gente, esto no es cosa insignificante como muchos de vosotros podáis pensar;-me atrevería a decir que todos habéis oído hablar de los espíritus animales, de cómo se transfunden de padre a hijo, etc., etc.-y otras muchas cosas al respecto.-Pues bien, tenéis mi palabra de que nueve de las diez partes del sentido de un hombre o de su sinsentido, sus éxitos y sus fracasos en este mundo dependen de los movimientos y actividad de dichos espíritus, así como de los diferentes terrenos y sendas en que se los deposite; de tal manera que, una vez puestos en marcha, no importa ni medio penique que lo estén para bien o para mal,-allá van, alborotando como locos; y al dar los mismos pasos una y otra vez, al poco rato ya han hecho con ello un camino tan llano y uniforme como el paseo de un jardín; y una vez que se han acostumbrado a él, ni el mismo Diablo será a veces capaz de desviarlos.
Perdona, querido, dijo mi madre, ¿no te has olvidado de darle cuerda al reloj?——– —¡Por D—–!, gritó mi padre lanzando una exclamación pero cuidándose al mismo tiempo de moderar la voz –¿Hubo alguna vez, desde la creación del mundo, mujer que interrumpiera a un hombre con una pregunta tan idiota? -Perdone, pero, ¿qué estaba diciendo su padre?—–Nada.

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Robinson Crusoe (Daniel Defoe, 1719, Novela)

De nada servía quedarse sentado y desear lo que no podía conseguirse, de modo que aproveché lo extremo de la situación para agudizar el ingenio: en el barco llevábamos varias botavaras de repuesto, dos o tres varas largas y una o dos crucetas del palo mayor; decidí servirme de ellas y lancé por la borda cuantas pude por su peso, atándolas todas con una cuerda pra que no se me fueran a la deriva. Una vez hecho eso, bajé por el costado del barco, tiré de ellas, até cuatro tan fuertemente como fui capaz por ambos extremos como para hacer una balsa y, tras cruzar por encima tres planchas cortas, confirmé que podía caminar bastante bien por su superficie, aunque no soportaría mucho peso porque eran piezas ligeras. Así que puse manos a la obra y con la sierra del carpintero corté en tres trozos un palo mayor de reserva y los añadí a mi balsa con grandes penas y esfuerzos, mas la esperanza de aprovisionarme de cosas necesarias me dio valor para aguantar más de lo que hubiera sido capaz en cualquier otra ocasión.
Mi balsa tenía ya la fuerza suficiente para aguantar un peso razonable. Mi siguiente preocupación era decidir qué iba a cargar en ella y cómo preservar de las olas del mar cuanto cargara en su superficie. Mas no dediqué demasiado tiempo a considerarlo: primero coloqué todas las planchas y tablones que pude encontrar y, tras pensar bien qué era lo que más quería, saqué para empezar tres cofres de los marineros, tras abrirlos a la fuerza y vaciarlos, y los bajé hasta la balsa. El primero estaba lleno de provisiones como pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco trozos de carne seca de cabra, de la que tanto dependíamos, y un restillo de grano de origen europeo que habíamos cargado para alimentar algunas aves que llevábamos en el barco, aunque las aves habían muerto. Había en el barco algo de cebada y trigo mezclados, pero más adelante descubrí con gran decepción que las ratas se lo habían comido, o lo habían estropeado. En cuanto concierne a los licores, encontré varias cajas de botellas pertenecientes a nuestro capitán, entre las que había algunos cordiales y, en total, cinco o seis galones de aguardiente que almacené aparte, pues ni había necesidad de meterlos en el cofre ni tenía espacio para ellos. Mientras me atareaba en eso vi que empezaba a subir la marea, aunque con mucha calma, y me mortificó descubrir que el mar se llevaba el abrigo, la camisa y el chaleco que había dejado sobre la arena en la orilla. Como había subido a bordo llevando tan sólo unos bombachos de lino abiertos en la rodilla y calcetines, me puse a buscar ropa y encontré bastante, aunque sólo cogí la que necesitaba en aquel mismo momento. , pues tenía la mirada puesta en otras cosas como herramientas con las que trabajar en tierra y hube de buscar mucho para dar con el cofre del carpintero, que sin duda representaba para mí un premio de gran utilidad y mucho más valioso que una carga entera de oro que pudiera haber llevado el barco.Lo bajé a mi balsa tal como estaba, sin perder tiempo en mirar en su interior, pues sabía en general qué contenía.
Mi siguiente inquietud era encontrar armas y munición: había dos buenas escopetas de cazar aves en la cabina principal y dos pistolas. Me encargué primero de éstas, así como de algunos cuernos de pólvora, una bolsa pequeña de munición y dos viejas espadas oxidadas. Sabía que llevábamos en el barco tres barriles de pólvora, pero ignoraba dónde los había almacenado el artillero y me costó mucho esfuerzo encontrarlos: dos estaban secos y en buen estado, mientras que en el tercero había entrado agua. Llevé los dos buenos a mi balsa con las armas. Ahora me sentía bien pertrechado y empecé a pensar en cómo llevarlo todo a la orilla, pues no disponía de velas, remos ni timón y el menor soplo de viento daría al traste con mi navegación.
(…)
Mi siguiente tarea consistía en supervisar el terreno y buscar un lugar adecuado para asentarme, así como para almacenar mis pertenencias y librarlas de cualquier peligro. Aún no sabía en qué tierra me hallaba, si era isla o continente, si habitada o deshabitada, si me acechaba o no el peligro de las bestias. A menos de una milla había una colina alta y empinada que parecía elevarse más que las otras, dispuestas desde ella hacia el norte como si formasen una cadena. Cogí una de las escopetas de caza, una pistola y un cuerno de pólvora y, así armado, emprendí una expedición de descubrimiento hacia la cumbre, que alcancé con grandes esfuerzos y dificultades para, una vez allí, comprobar mi destino con gran aflicción: estaba en una isla, rodeado de mar por todas partes, sin más tierra a la vista que unas rocas en la lejanía y dos islas aún menores que la mía, que quedaban unas tres leguas al oeste.
Descubrí también que se trataba de una isla de tierra estéril y, según parecía razonable creer, habitada sólo por fieras salvajes, de las que sin embargo no vi ninguna. En cambio, sí vi abundantes aves que me resultaron desconocidas y de las que ni siquiera tras matarlas supe decir cuáles podían comerse y cuáles no. A mi regreso, apunté a un pájaro grande que vi posado en un árbol junto a un enorme bosque, y creo que era la primera vez que allí se disparaba un arma de fuego desde la creación del mundo. Apenas acababa de disparar cuando de todos los rincones del bosque se alzó una cantidad innumerable de aves de toda clase, con un confuso griterío en el que cada pájaro emitía su graznido habitual, aunque no pude yo reconocer ninguno. En cuanto al que había matado, deduje que era una especie de halcón, o eso parecía por su pico y su color, aunque el talón y las garras eran comunes y su carne no valía más que para carroña.
(…)
Llevaba ya trece días en aquella costa y había subido once veces al barco. En ese tiempo, había sacado todo lo que cabía suponer que podía ser transportado por un par de manos, aunque verdaderamente creo que, si se hubiera mantenido el tiempo en calma, habría acabado llevándome todo el barco , pieza a pieza. Sin embargo, mientras preparaba el duodécimo viaje noté que el viento arreciaba. Aun así subí a bordo aprovechando la marea baja y, aunque creía haber rebuscado en el camarote tan a fondo que ya nada podía encontrarse, descubrí todavía un armario con cajones en su interior, en uno de los cuales vi dos o tres navajas y unas tijeras grandes, con diez o doce cuchillos y tenedores buenos; en otro, encontré dinero por valor de unas treinta y seis libras, algunas monedas europeas, unas de Brasil, unos cuantos ochavos, piezas de oro y otras de plata.
A la vista del dinero, sonreí. «Oh, droga -exclamé-. ¿De qué me sirves ahora? No mereces ni que te recoja del suelo; vale más uno de esos cuchillos que todo este montón. Ninguna utilidad tienes para mí, así que quédate donde estás y húndete como una criatura cuya vida no merece salvación.»

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The History of Tom Jones, a Foundling [Tom Jones]  (Henry Fielding, 1749, Novela)

Al llegar aquí, lector, quiero hacer un pequeño alto, para contarte un sucedido. «Saliendo un día la famosa Nell Gwynn de una casa a la que había ido a hacer una breve visita, vio, al entrar en su coche, a mucha gente congregada en torno a su lacayo, que estaba lleno de polvo y manchado de sangre. Y al preguntarle a éste la causa de que se encontrara así, él le respondió:
»”He estado peleándome, señora, con un miserable insolente que le ha llamado p… a vuestra señoría.”
»”Eres un estúpido -replicó la señora Gwynn-, si continúas así tendrás que pelearte todos los días de tu vida, porque todo el mundo, necio, sabe que lo soy.”